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lunes, 26 de enero de 2009

O sea..."carajo, mierda II"

EXCLUSIVO: EL ESTREMECEDOR TESTIMONIO DE MARCELO CAMILO HERNANDEZ
Una noche de fiesta 
Un ex prisionero de la ESMA contó ante el juez Bonadío cómo Massera organizó el saqueo de los bienes de los desaparecidos Victorio Cerutti, Horacio Palma y Conrado Gómez. Los viajes de negocios de los marinos. La noche surrealista con Mirtha Legrand. Las torturas a las monjas francesas. La inmobiliaria y las finanzas.  


Por Susana Viau

 Lo bañaron, lo vistieron correctamente y le advirtieron que se esmerara “porque el Negro quiere regalarle un álbum”. El lugar de la fiesta era una casa lujosa de Barrio Parque. El sólo recuerda que sacó muchas fotos, que en el living habían dispuesto media docena de mesas redondas para pequeños grupos y “a una mucama llevando una montaña de profiteroles”. El “Negro” era el ex almirante Emilio Eduardo Massera; la anfitriona a la que le obsequiaba el “book”, Mirtha Legrand; el fotógrafo de esa noche, Marcelo Camilo Hernández, segundo jefe de finanzas de Montoneros, secuestrado en la ESMA. Una mescolanza diabólica, un retrato de época. A Hernández le llevó más de dos décadas contar ante extraños qué cosas había vivido durante los dos años que pasó en la Escuela de Mecánica y, luego, en el tiempo de libertad vigilada. Lo hizo frente al juez Claudio Bonadío, como testigo de la causa que investiga el despojo de bienes de los desaparecidos Victorio Cerutti, Horacio Palma y Conrado Gómez. Una mañana soleada, en un bar de Belgrano, habló también largamente con Página/12 de las monjas francesas, de los “operativos” civiles y militares, de los ataques de pánico, de la culpa, del desconsuelo, del trabajo de la tierra, de la paz que da la pesca, de la casualidad que vuelve a cruzarlo en una esquina cualquiera con sus captores, de la inmobiliaria montada en Mendoza para comercializar las parcelas robadas de Chacras de Coria y de los cuerpos desnudos que siempre le evocan a los que vio, engrillados e injuriados, en el campo de concentración de Libertador al 8000. 
Hernández llegó muy temprano a las oficinas que el abogado Conrado Higinio Gómez, colaborador del área de finanzas de Montoneros, tenía en la avenida Santa Fe entre Callao y Rodríguez Peña, justo sobre la librería Fausto. “Me imagino que a Conrado lo agarraron dormido”, precisa. Los marinos estaban allí desde la noche anterior y a la madrugada habían comenzado con la virtual mudanza de todo lo que valiera la pena. Todo, menos la caja fuerte que no pudieron transportar. Junto a Gómez ya habían sido capturados otros integrantes de menor rango de la organización. Poco más tarde quien caía en la ratonera era “Gabriel”, el jefe del sector. Hernández lo reconoció por la voz y lo escuchó ofrecer a quienes lo estaban deteniendo: “Vamos a negociar”. Hernández cuenta que pensó en Gómez y en los otros, sus subordinados, y tuvo vergüenza. Por eso cometió el acto absurdo de ponerse de pie ante quienes no podían verlo porque ya habían sido encapuchados para decirles “quiero que sepan que estoy orgulloso de haber trabajado con ustedes”. Uno de los marinos lo tumbó de un golpe. “Ese fue mi último acto heroico”, reconoce el sobreviviente. El departamento de Gómez lo habían copado Jorge “el Tigre” Acosta, su segundo, Francis William Wahmond; Juan Carlos Rolón, Antonio Pernía, “uno al que apodaban Manuel y con el tiempo supe que era Miguel Angel Benazzi y uno que estaba al lado mío, le decían Dante y era un oficial de apellido García Velazco. Tenía cara de boxeador. González Menotti, el Gato, estuvo también en el grupo operativo que nos secuestró, torturó y se enganchó con la historia del dinero”. 
Hernández percibió de inmediato que los marinos estaban exultantes: “habían encontrado en el lugar mucha plata de Gómez. Y discutieron qué hacer con el dinero. No sabían si lo blanqueaban o no. Después de mucho tiempo, en un playón de autos de la ESMA, recuerdo haber visto el coche de Conrado, que era un Fairlane bordó, y el mío, un Peugeot 404 que estaba a mi nombre y se lo habían dado a un tipo que era contador o escribano”. A partir de esa mañana de enero de 1977, precisa Hernández, “el dueño de nuestras vidas fue Jorge Acosta. Jorge Perren era el responsable operativo. Para evitar que pasara lo que pasó, hacía rotar a todo el personal. Cada dos meses, más o menos, venían veinte nuevos. De todo ese armado o instrucción se ocupaba Perren porque pensaban que era posible que los golpearan, pero desde dentro de la fuerza y, entonces, en la jerga del Tigre, “les hacían poner los dedos a todos”. Ningún oficial podía decir”yo no estuve”. Y muchos de los “operativos” se fueron aquerenciando en el sabor, en el gusto de la truculencia. Se fueron quedando”. 

Una temporada en el infierno

Pero el gusto por la truculencia no sólo llevaba uniforme azul. Hernández recuerda con especial nitidez al Loco Suárez, un civil, gerente de la Ford y entusiasta del rugby. “Era un ‘operativo’ hecho y derecho. Alternaba la caza de ciervos y pumas con la de montoneros. Le generaba la misma adrenalina.” El Loco Suárez se iría luego a Madrid, trasladado por la Ford, para vivir en la periferia rica de la ciudad donde le dio rienda suelta a otros gustos y publicó la revista de la Unión Española de Rugby. Un cáncer hizo lo demás. 
Pero en la memoria de Hernández, el entusiasmo de los oficiales navales por la intervención directa en las capturas, la tortura y el asesinato comenzó a desvanecerse hacia 1977, “cuando la libido la ponen en la compra de armas, los viajes al exterior, los negocios. En las conversaciones que se mantenían alrededor de los bienes obtenidos o del dinero, siempre participaban los mismos: Acosta, Wahmond, Pernía, Rolón, Menotti y Jorge Radice. A mí me habían secuestrado mucha documentación de finanzas, anotaciones con fechas de vencimiento de valores. “Ruger –Radice, se corrige Hernández– me hizo hacer una carta para las personas que tenían colocado el dinero diciéndome que él se iba a ocupar personalmente del tema. Estaban tan obsesionados por la plata que me llevaron hasta mi oficina con los grilletes puestos. ‘¿Quién fue el boludo que lo llevó así?’, preguntó Rolón cuando se enteró de que tuve que ir a los saltos desde el auto en que me trasladaban hasta la puerta del edificio.”
En la cabeza de Hernández siguen abriéndose paso otros datos: “Por esas fechas, de las tareas de inteligencia pasa a hacerse cargo el Pingüino, seudónimo de un oficial de apellido Scheller, mientras que ‘el gordo Selva’, como le llamaban al prefecto Fabre, tomó la parte operativa”. Fue el Pingüino Scheller, asegura el sobreviviente, quien dirigió el secuestro de las monjas francesas. “Acosta no estaba en la ESMA en ese momento y puteó en público a Scheller y a Niño por haberlo hecho.” Es curioso, este hombre todavía joven que entra y sale de la depresión, sigue refiriéndose a Alfredo Astiz como Niño, el apellido con el cual “el ángel rubio” se infiltró en las reuniones de la iglesia de Santa Cruz para marcar a Azucena Villaflor y a las religiosas Alice Domon y Léonie Duquet. A esas alturas, Hernández ya estaba trabajando en el laboratorio de la ESMA junto a otro militante montonero, el ingeniero Emilio Dellasopa. Y a ellos les encomendaron retratar a las monjas: “Se dieron cuenta de que se estaban metiendo en un problema. Por eso armaron la patraña de sacarlas con una bandera de Montoneros. Las habían torturado mucho. Las pusieron detrás de una mesa y nos llamaron al “flaco” Dellasopa y a mí para que las fotografiáramos. Todo eso para neutralizar el error del secuestro. La locura se tapaba con más locura. Ellos siempre levantaban la apuesta”

Comiendo con Mirtha Legrand 

Frente a la cámara de Hernández se colocaron Rolón, Astiz, Benazzi, Pernía, González Menotti, Radice. Los oficiales de la ESMA, abocados a los negocios y los proyectos políticos, habían empezado a viajar. Se les hicieron documentos por decenas, para salir a Bolivia, a Venezuela, a México, a Panamá, a Perú a España, a Francia. Para cada destino, al menos tres juegos con nombres falsos. Incluso el propio secuestrado viajó a fotografiar estadios para un audiovisual que los oficiales de la ESMA querían producir para el Mundial ‘78. No en vano al frente del organismo encargado de su organización estaba un almirante. Pero hasta la tarea esclava de Hernández iba a mostrar un costado social. Fue cuando “el Tigre” Acosta le comentó a Radice que estaban invitados a una cena en la casa de Mirtha Legrand. Massera, explica Hernández, estaba en la ESMA a través de Acosta. El nunca vio al ex almirante, pero escuchó innumerablesveces al Tigre diciendo: “El Negro quiere tal cosa, o tal otra” o “Prepárenme esto porque se lo tengo que llevar al Negro”. Y en aquella ocasión le había oído comentar: “El Negro quiere regalarle un álbum de fotos de la fiesta”. “Me bañaron, me vistieron bien y me llevaron a la casa de esa señora con la cámara de fotos. Saqué varias de la comida. No recuerdo mucho, sólo que en el living había media docena de mesas redondas y que pasaba una mucama llevando una montaña de profiteroles.” 
A mediados de 1978, Hernández y Dellasopa recibieron el beneficio de la libertad vigilada. Acosta le había conseguido al primero un trabajo en Antares, la sucursal de mendocina del negocio de fotografía que tenía el cuñado del Tigre. A Dellasopa le correspondía trabajar en Wil-ri, la inmobiliaria montada en esa provincia para administrar, lotear, urbanizar y vender las 25 hectáreas de Chacras de Coria robadas a Cerro Largo, la sociedad de Cerutti y Palma que Gómez asesoraba como abogado. “Si bien yo trabajaba en la casa de fotografía –narra Hernández– todos los días debía pasar para reportarme por la inmobiliaria en la que ellos habían establecido su base. Radice, reconstruye Hernández, fue quien en primera instancia se instaló allí con el nombre supuesto de Juan Héctor Ríos. El ex detenido-desaparecido tiene la vaga idea de que la de Ríos era una identidad que Radice (“Ruger”, según su alias operativo) usaba antes de descubrir la potencialidad económica de los lotes de Cerro Largo y de soñar con hacerse de los millones de los Born, “pero de lo que no tengo dudas es de que se hacía llamar Ríos para esa cuestión y que Wahmond era Federico Williams. Y había otro oficial en metido en el asunto: Alejandro Spinelli, que figuraba como Felipe Pagés”. 

Tienes un e-mail

Wil-ri tenía poco de inmobiliaria. Era, en realidad, un mononegocio y Hernández cree no haber visto a Wahmond por allí. Con el tiempo, Radice se repartiría entre Mendoza y Buenos Aires y al frente de Wil-ri quedarían “una persona llamada Mario Alberto Cedola –Hernández nunca supo o no recuerda que Cedola era un contador platense, compañero de los primeros años de Massera– y Manuel Campoy Gutiérrez, un hombre alto y de bigotes que en una oportunidad nos llevó con nuestras familias a su casa, ubicada en los terrenos de Chacras de Coria, una especie de casa de muestra de cómo se iba a edificar ese barrio privado. La mujer de Campoy era rubia, muy linda. Cedola era quien le daba órdenes a Emilio Dellasopa”. Marcelo Camilo Hernández tampoco sabe que la rubia mujer de Campoy era Silvina Rosenthal, marplatense, emparentada con marinos y que el matrimonio con Cédola acabó como una olla de grillos. Tiene clarísimo, eso sí, el rol clave de Radice, un tipo de “poco grado y gran papel, cosas propias de esas construcciones paralelas”, porque el aparato financiero tejido por Massera y en el que cifraba sus ambiciones de poder político y fortuna personal estaba más allá del botín de guerra, crecía como una excrecencia de la máquina de matar. 
“Radice manejaba la guita –dice Hernández– y lo hacía con otro oficial al que llamaban ‘el alemán’ y era Hugo Berrone, no me caben dudas. No sólo por sus características, rubio, blanco, gordito y sin cintura, vestido siempre con un saco azul cruzado, hiperactivo, gesticulante y agrandado”. El sobreviviente no podría olvidar al Alemán Berrone porque era éste el que lo acompañaba a visitar a su familia y en esas ocasiones se llenaba de whisky. A punto tal que una vez el alcohol lo hizo soltar la lengua y filosofar ante la madre de Hernández: “Pensar que yo alguna vez lo torturé a este tipo”. La otra identidad de “el alemán” era Pascual Gómez y con ella se movía en Mendoza hasta que un día levantó las sospechas del ejército, que lo detuvo “y si no me identifico me picanean”, contó entre risas al regresar a la ESMA. 
Hernández vive solo ahora y todavía no puede consolarse de la pérdida de su perro, el labrador con el que dormía y le robaron en Salta hace un año. “Cualquier labrador que veo me sobresalta porque me parece que es miperro.” Como lo sobresaltan los encuentros callejeros con aquellos oficiales de la ESMA o lo sorprende “que en ninguno de los libros que se escribieron sobre esto aparezca la palabra ‘miedo’. Entre los papeles que ha traído esta mañana soleada a la entrevista con Página/12 hay un e-mail del sábado 8 de setiembre. Dice que Travel pass no puede encontrar a su cliente Marcelo Camilo Hernández. El mail, críptico, incluye una frase con palabras de alto voltaje para el destinatario final: “Desaparecido ¿Dónde estará Marcelo Camilo Hernández?” Y Marcelo Camilo Hernández no quiere averiguar si es o no es un mensaje de Travel pass. Prefiere no detenerse a pensar que, forzando un poco, “travel” además de “viaje” también significa “traslado”.

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